Además de otros detalles, hasta esta tarde, el Día Internacional de la Mujer me brinda ocho regalos….
El primero, mañana con día nublado y tibio, terminando en casa con calma y con buen desayuno una carta astral para el mediodía…
El segundo, una entrevista a la gran antropóloga chilena Patricia May, en radio Cooperativa, sobre espiritualidad, la mujer, la conciencia, el sistema, los cambios profundos, la incertidumbre, el control, la confianza… Acá.
El tercero, un mate preciso y sabroso.
El cuarto, en la misma radio, una entrevista cantada (un lujo!) al colombiano Carlos Vives, con baile cadencioso. Aquí.
El quinto, mails y mensajes de saludo por distintos medios.
El sexto, un chocolate dejado en la conserjería para mí, de una amiga-hermana-vecina, argentina-chilena, bella; con una nota: ¡Feliz Día de la Mujer, Jime! Abrazo grande!
El séptimo, una agradable lectura de carta astral a una mujer en plena búsqueda personal-espiritual y reencuentro con ella misma.
El octavo, el chocolate es el postre que necesitaba de acompañamiento a mi segundo mate del día.
Cada vez que salgo de casa y en especial por la mañana, lo primero que miro es el cielo y me maravillo con su inmensidad, los colores, la energía, las nubes, el Sol; todo. Y cuando salgo lejos de mi territorio habitual (Providencia y Ñuñoa, en Santiago) lo miro con más curiosidad y detenimiento aún. Ahora, en Mercedes, lo disfruto mucho: la amplitud, las nubes, la luminosidad después de una noche de tormenta o las nubes previas a ésta… La mañana del domingo está diáfana y casi encandila; la noche anterior llovió y amanece con viento y algo de nubes dibujadas… Me quedo mirando un rato por la ventana con agrado, respiro… A veces -lo he dicho en este blog, actualmente protegido nada menos que por Lupita (si quiere verla mire al costado derecho un poco más abajo)- me vienen como “ataques” de felicidad y/o agradecimiento y esta mañana de domingo me viene eso, una sensación de plenitud que no está ligada a algo en particular o a algo muy reciente, ni a la obtención de alguna cosa-situación (de hecho podría llenar este blog con todo lo que, a ojos del sistema, me falta), sino que viene del corazón-panza y es como una sonrisa en el pecho que no es eufórica, es tranquilamente feliz… y digo: Gracias…
De hecho, la noche del sábado no salimos, todo se dio para quedarnos en casa: Su estaba muy cansada, no quedamos en nada en especial con nadie, Mabel no sabía si podía salir con nosotras; yo era materia dispuesta, pero no muero por salir un sábado y menos si estoy en otro lugar, simplemente tomo lo que el viaje quiera darme y si es quedarnos en casa lo disfruto. Encima, ya habíamos almorzado y merendado en buena compañía, con ravioles, caminata, helado y mate incluidos… Cuando estábamos pensando en salir o no en la noche, cae sin previo aviso una lluvia fuerte y ya está: no hay que salir. Pedimos unas empanadas y cerveza, nos quedamos conversando con Fran, Betty y Su, y luego a dormir… “Nada” especial, pero mucho a la vez…
Entonces, a raíz de “nada” me brota el Gracias a la mañana siguiente… Después escribo algunas cosas, conversamos un poco de Argentina, España y Chile, con un amigo de Su que anda de paso por su nostálgica tierra natal y que vivió un año en Santiago; inventamos un almuerzo con los restos -sabrosos- de días previos y se asoma la tarde en que ya Mabel me anunció que iremos a una pulpería: dícese de tienda antigua, donde además de mercadería se sirve comida y bebida a los concurrentes. Viene a ser un almacén con barra y mesas. Está en las afueras de la ciudad y es un clásico que figura en guías de turismo, es la Pulpería de Cacho Di Catarina. Todo un espectáculo congelado en el tiempo; reflejo de otras épocas, de tradición, floklore, amistad, cofradía y embriaguez.
Pulpería de Cacho Di Catarina
Yo, como últimamente no tengo mayor expectativa de nada (lo cual no es fácil de explicar ni de entender para muchos), simplemente voy (me dejo llevar, esta vez por Mabel y Tito, junto a Su). Para mí todo es nuevo y sólo pienso en compartir una tarde de domingo con gente de lindo corazón y humor contagioso. De la pulpería no esperaba nada, o esperaba menos. Pensé: será un negocio antiguo pintoresco. Pero al llegar, además de recordar la onda de La piojera de Santiago, me sorprende más que el lugar, que está intacto (con telarañas incluidas en las botellas de las repisas altas) y casi en el campo, la gente. Es domingo de tarde, casi las 5, creo, y hay unas seis mesas con gente. Algunos son parroquianos clásicos, otros turistas como yo y otros conocidos como Tito, que llega saludando y por rebote nos toca saludo con beso a nosotras del percusionista que toca el bombo con pasión. Sí, porque en medio hay un grupo de experimentados cantantes que improvisan con payas y otros ritmos tradicionales argentinos bastante sentidos, a ratos.
Ahora, el lugar no es luminoso. Después lo comentamos con Su. De hecho el arcángel Miguel con su protección pasó por mi mente a los minutos de entrar. No es luminoso como cualquier espacio antiguo o nuevo ligado a alcohol, la melancolía, o el esfuerzo. Pero tiene poderosa identidad y un aire de campo cálido que cobija al forastero. En la pulpería somos todos iguales: hay viejos, niños, jóvenes, familias, gente de toda la vida, turistas como yo, los dueños, los garzones. Al llegar salen las bromas en seguida porque acá hace rato está de moda el Fernet (licor amargo de hierbas) con Coca-Cola, y yo esta última no la tomo hace años ni tampoco ninguna gaseosa. Entonces, pido fernet solo, que para mí es un bajativo. Y salen las miradas sorprendidas en la mesa y del garzón, las risas y bromas, porque es como pedir pisco solo con hielo en Chile, y se creen que soy ruda, cuando en realidad no quiero la gaseosa (para mí es más tóxica que el alcohol) y prefiero el bajativo como tal. En fin. El tema es que entre canto y canto, además de que Tito ya es un artista reconocido acá, es músico folklorista, Tito Sanguinetti, nos sale…. baile! Y qué me dicen a mí, que me encanta bailar y a veces da lo mismo el ritmo, lo importante es moverse y pasarlo bien… Ah, y mover la cadera, obvio, porque sin cadera no tiene mucha gracia, quizá por eso el tango nunca me convenció tanto y sólo tomé algunas clases hace unos años… Así que, sin proponérmelo ni imaginarlo, termino bailando chacarera, zamba y hasta una cueca lenta que no recuerdo cómo se llama… Lo mismo Mabel, quien con gracia le da estilo a la chacarera y ahí aprendo más cómo se baila…
Un borracho -pero digno- de caricatura: mayor, panzón, canoso medio pelado, mejillas rojas y con cara de chiste, le hace bromas a Tito conmigo y ella, mientras que los músicos hasta me dedican un par de canciones, entre ellas “Si vas para Chile”, ¿qué tal? … Al rato, cuando los músicos terminan se acercan a la mesa y le piden a Tito que cante una y viene el amigo del bombo a entonar una chacarera más que termina en aplausos… El domingo pasa a ser una noche de sábado (la vida es perfecta todo el rato, recuérdelo, querido lector) con baile, picada, fernet, amistad y un lugar que te transporta en el tiempo… Nos tomamos fotos, saludamos a los dueños y al salir de nuevo me encanto con el cielo amplio y algo nuboso… De ahí partimos a un café nuevo, nos sentamos en la calle y siguen las carcajadas, les digo: me siento con Roberto Carlos-. Mercedes es pueblo chico y desde que subimos al auto y más en la terraza del café, Mabel no para de saludar o más de alguien va y la saluda, lo mismo sucede con Tito… Entre ambos deben andar por el medio millón de amigos…
La tarde de domingo termina plena, con la Luna casi llena asomándose y un buen tiramisú que hace rato buscaba; también con risas, amistad, generosidad y sorpresas de una ciudad que aún conserva sabor y tradiciones propias, gracias a gente muy especial. Salud y Gracias!
¿Playa o montaña? -me dice Martín en su español de acento holandés.
¡Montaaaña, obvio! -le respondo y agrego: es que la playa en temporada alta no me llama, me cansa, está llena de gente, no le encuentro ni un brillo. -Y luego debo traducirle esta última expresión chilena que, en versión de mi hermana, es otra: zapatito de gamuza = ni un brillo.
Partimos, entonces, a San Alfonso, al Cajón del Maipo, y Martin queda impresionado con que la montaña esté tan cerca de la ciudad… y yo ledigo que sí, que es un mega regalo y que como es tan común para nosotros los santiaguinos, como siempre ha estado, no valoramos del todo la oportunidad de pasar poco más de una hora en auto o en bus y llegar a otro espacio tan distinto, con verde, silencio, altura, roca, río, montañas…
Después de almorzar pastel de choclo y un chacarero respectivamente, en la terraza verde y fresca de una hostería partimos más allá de San Alfonso, acompañados del mate y unas galletas… Cuando se termina el pavimento avanzamos por un sinuoso camino de tierra y yo estoy feliz porque no conozco esta parte y me encanta la aventura, lo nuevo, pero también porque de verdad la montaña me emociona, me impresiona su fuerza, los colores, la presencia… Algunas partes me recuerdan a Uspallata, aunque acá, supongo que por la influencia del mar y de otras cosas, los cerros tienen otros colores, muy bellos también…
En un cruce de caminos Martín elige ir por uno que se llama “Queltehues” y me pregunta si me parece, yo le digo a todas sus decisiones que sí: todo es nuevo, todo es bello y nada es ni será casualidad pues, además, él ha decidido usar su intuición y yo confío en esa chica….
Igual, ambos queremos sentarnos al lado del río a tomar mate. Vamos avanzando por el camino estrecho pero el río parece muy lejos, muy abajo, se ve lindo e impresionante su fuerza en las rocas, pero difícil de llegar. En silencio le digo a los chicos alados (Miguel y Gabriel) si, por fa, nos llevan a un lugar donde podamos estar en el río sentados en alguna roca… En el camino paramos a tomar fotos, sentir el viento y el sol, miramos un par de veces el río muy abajo…
Pasan los minutos, las curvas, los cerros… El río sigue muy distante, pero de pronto el camino comienza a bajar y presiento que lo lograremos (vía ayuda celestial, obvio)… Y al poco rato ahí estamos: casi a la altura del río, avanzando en el auto, felices, a punto de alcanzar nuestro deseo… Hasta que llegamos a una gran curva donde el río se deja ver y sentir… Bajamos del auto y caminamos entre piedras hasta encontrar el lugar perfecto: sol, río, los pies en el agua, la espalda en una roca caliente, el sonido sanador del agua y la energía poderosa de las montañas rodeando todo… En resumen, felicidad pura, así de simple…
Y en medio del viento, la conversación, el silencio, el agua helada y la merienda con mate, mientras el sol comienza a bajar, recuerdo la sabia voz de la líder maya y Premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú, que en una visita a Santiago en la primavera de 2009 decía que ellos, los mayas, cuando están enfermos o cansados suben algún cerro porque tiene
energía de poder, porque centra, y en caso de no tenerlo cerca se sientan frente al altar que tienen en cada casa con flores junto a velas de distintos colores… Y que también escuchan caer agua, pues esto sana el cuerpo y el espíritu… Parece tan simple, tan básico, pero es profundamente verdadero y efectivo…
La Naturaleza lo tiene y lo puede todo… Como ahora, en que al terminar esta nota levanto la vista desde mi balcón y el sol me regala un cálido y bellísimo atardecer que conmueve, mientras Santiago despide el día con mágico silencio, brisa y luz de verano… Y yo ya me preparo para regresar, esta vez por una semana, con un dulce grupo a la poderosa montaña…
Partimos a las 4 y algo de la mañana desde Colonia Valdense. Con viento y el cielo estrellado. Mauricio va al volante. Yvonne de co-pilota y yo atrás, en medio de la “matera” (estuche de cuero para el mate y el termo), las mantas y unos pasteles uruguayos recién hechos por nuestro intrépido chofer. Atrás van las infaltables milanesas y pascualina para almorzar.
Amanece en el centro de Uruguay
En el camino comienza a amanecer con un cielo pincelado bellísimo que se torna rosa, naranja, rojo, lila, celeste; un espectáculo. Y avanzamos entre risas, conversaciones y la tensión de Mauricio porque la ruta no está tan buena y su auto, “Hércules” (!) se puede estropear. Y yo no entiendo mucho la aprehensión y pienso: ya, igual le pone color, si no es pa’ tanto; qué tiene, si los autos son pa’ andar… Y el camino se aclara y el campo uruguayo se deja ver poco a poco.
Llegamos a un pueblo/ciudad y paramos en la bencinera pero no para poner gasolina, no, sino para cargar con más agua los termos para el mate, ja! Sólo Uruguay tiene en cada bencinera, terminal de buses, tienda o restaurant de carretera, un dispensador de agua hirviendo, por unos 5 centavos de dólar. Y si no venden te la regalan “porque el agua pal mate no se le niega a nadie, viste!”.
Las chicas vamos al baño mientras Mauricio se encarga del preciado líquido y cuando regresamos yo entro en schock: “Nooooo!? ¿¡Nosotros venimos aquí? En este auto? Noooo!?”, le digo a Yvonne, impactada. Y me da entre ataque de risa e incredulidad; mientras ella se ríe a carcajadas conmigo y no puede creer que yo no haya visto a “Hércules” al subirme, y le digo: Nooo, si entre que estaba oscuro, había que cargar todo, tenía sueño; nunca caché que iba arriba de esta “nave”!! -y me viene el ataque de risa otra vez, mientras el bencinero nos mira curioso entre risas también.
Pero tanto el bólido como su dueño se sienten orgullosos, pues se trata nada menos que de este modelito…
Hércules! sin palabras
… un Ford Maverick del ’74, auto de colección que, aunque circula por un país acostumbrado a las antigüedades de todo tipo en las calles, ésta se trata de una reliquia aerodinámica y mucho más “cool”, ondera, que las que se suelen ver por el paisito…
Los niños alucinando...
Y luego de tomar conciencia del protagonismo de Hércules, además de encariñarme con él y seguir riéndome, también me empiezo a sentir rica y famosa, pues cada vez que paramos los niños le toman fotos, quieren subirse y Mauricio los deja; los hombres se dan vuelta a verlo, dicen cosas: “pedazo de auto tenés, loco!”, se acercan a conversar y preguntan temas técnicos aburridos para mí, pero que me hacen sentir que voy en un carruaje VIP….
Y seguimos bromeando con Yvonne porque Mauricio igual sufre un poco con la inevitable tierra que le dejamos en el piso o el agua del mate que de pronto se cae… Pero lo entiendo, este no es un auto, es su hijo y compañero fiel… Si hasta dijo que le hablaba porque no tiene el medidor de gasolina , él calcula cuánto le queda por los kilómetros y que una vez en que se paró en la carretera, él le pidió que por favor hiciera su último esfuerzo y Hércules volvió andar, llegó hasta la gasolinera y se detuvo! …Adoro esa magia de la vida y la candidez para pedirla! Y, en medio de toda la veneración de este uruguayo por su auto, recuerdo cuando el año pasado me fue a buscar en “la cachila!” (aquí está el post) y también me hizo reír mucho…
Y bueno, aquí vamos, camino a Aurora, a lo del Padre Pío… Y no casualmente, el poderoso Hércules es verde… el color de la sanación… En un hermoso viaje impregnado de ésta y de las bendiciones que a cada rato nos da la vida…
Eso de no valorar lo que tenemos es tan humano, que no se puede criticar. Cuando te alejas de lo cotidianadamente conocido, de todo aquello de lo que dispones, te das cuenta de lo bueno que esconde… Y al revés, cuando llegas de otro lugar y tienes otros ojos, puedes ver con asombro lo que parece tan normal…
Y con Uruguay pasa lo mismo.
La mayoría de los uruguayos no miden lo valioso de su tierra verde rodeada de agua, de sus costas ventosísimas, de sus praderas anchas con el cielo revuelto… No tienen idea de lo sabroso de sus habituales bizcochos para la hora de la merienda… No ven la belleza de la pureza de su gente y del trato humano que ofrecen a cualquiera sin importar demasiado las apariencias o el qué dirán… No ven la sabiduria de ser menos consumistas y dependientes de la tecnología… No disfrutan que su comida, pese a ser demasiado tradicionalista, tiene sabor de hogar, de preparación paso a paso con productos aún naturales y procesados escala humana… Y muchos dan por sentado que vivir en espacios rodeados de naturaleza con poca intervención es normal, sin darse cuenta del mega privilegio…
Desde el clásico bar El Gaucho, en el centro de Montevideo. (Foto Diario El País)
Me acuerdo cuando en la primavera 2009 paseabapor Pocitos pocos días después de que Uruguay clasificara al Mundial y vi un lienzo en la rambla que decía: “¡Mandela, yo llevo el mate!”… Además de reír y defotografiar esey otros emblemas de la identidad uruguya, disfruté mucho conversando con los expertos en fútbol locales; aunque yo no entiendo nada del tema, era un espectáculo escuchar sus comentarios…
Y ahora, sin soltar el mate, los uruguayos celebran con júbilo en Montevideo, desde la rambla, 18 de julio, el mercado del puerto… Y seguro, desde cada rincón del pequeño gran país. Un diario titula “Un río de felicidad” y otro: “Permiso para soñar”…
Tengo una teoría: Este Mundial se juega en uno de los íconos del Tercer Mundo (al fin) y es para el Tercer Mundo… Enhorabuena!
Vamo arriba La Celeste! Uruguay no ma!
Con calabaza (mate) celeste y todo. (Foto diario El País)
Cosas que pasan: de un momento a otro y en menos de 24 horas me convertí en casi toda una uruguaya…
Es sábado por la tarde y en Colonia del Sacramento me espera un amigo nacido y criado en esta encantadora ciudad, quien promete mostrarme lugares nuevos más allá de la turística ciudad vieja fundada en 168o y declarada Patrimonio de la Humanidad.
Cantera del Parque Ferrando
Pero el paseo no es cualquier cosa, es completamente “a la uruguaya”. Es decir, pasamos por su casa a buscar el mate y luego nos subimos a su motocicleta y, como es costumbre en las ciudades pequeñas y pueblos uruguayos, vamos sin casco. Y yo llevo nada menos que el termo y el fiel e infaltable mate en el brazo izquierdo, mientras con el otro me afirmo. Después de esto ya sólo me faltaría aprenderme el himno nacional, creo!… En el paseo hay parque con laguna (o cantera), playa, rambla y faro desde donde, como el día está despejadamente lindo, se llega a ver Buenos Aires allá lejos en la otra orilla del majestuoso Río de la Plata (ver la foto de portada del blog).
A la tarde comemos en un carrito con mesas y carpa, hamburguesas completas (una oda al colesterol: con huevo frito, panceta, jamón, queso, lechuga, tomate y otras cosas muuuuy livianas que prefiero no recordar), por la noche –a las 3 am para ser exactos- salimos a bailar mientras él cada cierto rato saluda a decenas de conocidos como buen habitante de pueblo chico…
Al día siguiente, voy a lo de Yvonne, una querida amiga local, en Colonia Valdense, a un asado en medio del campo… Va a buscarme a la carretera su vecino-amigo Mauricio, todo un hombre de trabajo y de campo que a sus 27 años ya ostenta con orgullo sus propias cabezas de ganado… Pero no me busca así no más. Yvonne me manda mensaje al celular: “Va Mauricio en la cachila”. … “What?!” –exclamo. Y me quedo pensando… ¿la cachiiilaaa?, ¿qué será eso?
Y veo de lejos un auto station viejo color calipso, pero no, no es. Luego aparece una bicicleta rara y no, no es. Hasta que de repente cruza la ruta un buggy, de esos en que uno va sentado a la altura del piso casi. Y viene raudo Mauricio a buscarme en uno de sus carros: la cachila, como se le dice a los autos viejos (burritas, en Chile) y a los buggys en esta zona. Jajajaja, me da mucha risa, y me subo en mi nuevo transporte al aire libre, me siento casi en la fórmula 1 del pueblo.
Ejemplo de cachila
Luego el asado con abundante carne, chorizo, morrón y vino…Y a la tarde parte de los comensales vuelven a aprontar su segunda mateada del día, supongo.
Y yo duermo un poco de siesta con tanto vino y trasnoche.
Así es la vida acá, simple, sin mayores pretensiones ni parafernalias. El mate y un poco de carne a la parrilla pueden ser el paraíso y llenar de vida el tiempo que para muchos pasa lentamente en estos rincones.
Ahora, para ser toda una uruguaya me falta…
Aprender a cebar bien el mate y no querer tomarlo un poquito dulce. Sólo para probar, digo yo!
Aprender la receta de la pascualina, del fainá (masa de harina de garbanzo), y/o de la mozzarella (la pizza).
No desesperarme cuando el ómnibus anda leeento y se demooora en abrir la pueeeerta cuando yo ya voy atrasada a mi cita.
Comer torta frita los días de lluvia.
Amar el dulce de leche.
Ponerle panceta (tocino) a una serie de comidas que no tendrían porqué llevarla.
Usar la muletilla “ta” en el momento y expresión precisos.
Decir estoy “pronta” en vez de estoy “lista”.
Que me falle la voz y quede ronca para tener el tono local.
Comer carne unas 6 veces por semana.
… Cuando lo haga, capaz que me den la residencia sin papel alguno!