“No tenga pena”

Esta es lejos una de las frases más escuchadas en Guatemala y nuestra favorita en el ranking de expresiones locales, seguida de “hola, seño; adelante, seño”, “para 20 (quetzales) queda bien”, “a la par” y “ajá”… “No tenga pena” viene a significar: no se preocupe, no se haga problema, está bien, no hay problema, que no le dé vergüenza, no se complique…

Y, bueno, en Guatemala (“lugar de muchos árboles”) es fácil “no tener pena”… Este país montañoso, volcánico, verde intenso y con gente de múltiples colores, además de tener una identidad muy rica y ancestral, es una tierra privilegiada –desde muchos puntos de vista- y varios de sus habitantes lo saben, aunque también reconocen la pobreza, la precariedad y se sienten pequeños al lado de México, por ejemplo… Desde lo que alcanzo a ver, conocer y conversar en  mi corta visita y que seguro es una visión superficial pero no por ello menos válida, muchos no pueden salir del país ya que necesitan visa y pasaporte, y una gran parte de ellos trabaja informalmente por jornadas, esporádicamente sin contratos; gran parte de las mujeres –sobre todo las de departamentos o provincias, que pertenecen a pueblos nativos- llevan la casa con su rica comida (siempre con tortillas de maíz y frijoles), trabajan los bellos telares y artesanías, mientras que los hombres están más en la agricultura y la construcción, muchos niños comienzan temprano a trabajar y, al parecer, se emparejan muy jóvenes y pronto tienen hijos, no como en Chile –al igual que en muchos- por irresponsabilidad, sino más por cultura, hay que recordar que Guatemala tiene gran parte de población maya, pueblo originario muy diverso, que conserva costumbres, vestimenta, cosmovisión, dialectos, comida, formas de cultivar y de relacionarse…

No se tiene pena en Guatemala porque entre sus privilegios está el tener una identidad riquísima y eso es un tesoro que no cualquier país puede ostentar. Esta tierra tiene sabor, colores, aroma, historia, tradición… Los volcanes, lagos y ruinas que la habitan le dan un sello especial, pues pese a estar en Centroamérica, a ratos me recuerda ciertas partes de Perú y Ecuador con sus altiplanos. El norte caluroso y húmedo tiene la típica onda caribeña, con mucha gente en moto –que van hasta de a cuatro encaramados- o caminando con sombrillas y siempre en sandalias, música fuerte en casas y locales, el follaje semiselvático, animales e insectos exóticos… El centro-sur de enorme belleza y color colonial, con un aire más reservado y montañoso, en Antigua… La cultura viva de los pueblos mayas alrededor del lago Atitlán rodeado de volcanes y cerros, en que la gente habla sus propios dialectos (se cuentan 23 en todo el país) todo el tiempo y se mueven en lanchas repletas para ir a hacer sus cosas, donde se ve a las mujeres en algunas orillas lavando sus coloridos trajes… Todo siempre salpicado de comidas, artesanías y costumbres típicas…

La infaltable siembra de maíz en cada ruta

Es que acá, pese al modelo económico neoliberal impuesto en el mundo, que tanto daño nos ha hecho –y que por suerte empieza a caer poco a poco-, no es ley. Es decir, muchos chapines, nombre con que se autodenominan los guatemaltecos, no están en el sistema: en la neurosis de consumir, ir rápido, trepar, triunfar, acumular, tener más títulos, estatus, etc. Primero porque muchos –basta alejarse un poco de los lugares turísticos para verlos- ni siquiera vislumbran al sistema dada la fuerte pobreza urbana y rural, segundo porque la cultura ancestral maya está viva (en nada menos que alrededor del 40 % de la población total)  y está ajena del triste y neurótico –a mi juicio- “sueño americano”, tercero porque de la población total hay más gente en zonas rurales que urbanas, lo cual provoca otro estilo y ritmo de vida mucho más conectado con la Tierra, con su naturaleza, ritmo y sabiduría; cuarto porque muchos se reconocen como mestizos y acompañan su esencia, aunque también se ven grandes centros comerciales y obvio que la comida rápida made in USA está presente, pero –al igual que en Uruguay, por ejemplo- ha tenido que adaptarse a las costumbres locales que incluyen huevo, picante y frijoles, entre otras cosas…

Entonces, es su gente cálida, alegre, sencilla, respetuosa, dulce, con conocimiento de quiénes son y fueron, lo que le da el mayor sabor e identidad a esta tierra a ratos exótica, a ratos tradicional, a ratos naif, a ratos encapsulada en el tiempo…

En Chichi(castenango) con su infinito colorido y personajes notables

Así, recuerdo a la chica de un restaurante en la apacible y bella aldea El Remate, que nos confiesa entre risas que la piña colada que nos hizo en realidad no llevaba piña porque se le había acabado, pero que licor sí tenía; o a otra que nos dice que ella no tiene aire acondicionado en las habitaciones de su posada pero que el hotel de enfrente sí y que nos puede ir bien ahí, sin mirar su parte del negocio; o al amable Byron, el encargado del hotel de San Marcos en el lago Atitlán, que al conversar de Chile, los viajes y más, me dice con orgullo que lo que más le gusta de su país es su pueblo maya quiché, que es un pueblo especial, de gente muy buena; o al pintor Manuel Reanda, del colorido Santiago, también en el lago Atitlán, que nos muestra sus cuadros que mezclan cristianismo e indigenismo y nos dice que sus pinturas las podemos encontrar en el “gogl”, después de aceptar guardar –a cambio de nada- nuestro equipaje por unas horas mientras recorremos su bello pueblo y nos encontramos con el alucinante mercado –mi mejor panorama de viajes- de frutas, verduras, pescados, ropa, medicamentos, comidas, herramientas, etc. También recuerdo con risa y agradable sorpresa cuando en el mercado de artesanías de Antigua yo le grito a mi hermana que va por otro puesto: “Cocóóó, ¿dónde andas?”, y ella me responde y hace señas mientras avanza por el pasillo, ante lo cual una chica que me escuchó se asoma y le dice: “señorita Coco, ¿qué me va a comprar?, pase adelante”, y las tres lanzamos carcajadas ante tamaña rapidez e ingenio de venta y mi hermana además de reír se siente famosa… Lo mismo me pasó con los vendedores de Chichicastenango (pueblo-mercado que fue mi perdición) que del inglés se pasan a su dialecto como si nada, o que cuando te cobran, después de mucho regatear y llegar a un precio, se quedan con 5 quetzales  “para mi Coca-cola, seño” y yo les digo: ¡Nooo, que es muy mala; para un jugo sí!  “Bueno, para un jugo, seño”-dicen pícaros pues igual se salieron con una mínima parte del regateo…

El colorido de Chichicastenango con su reconocido mercado de jueves y domingo

… Pasamos los últimos días de este viaje maravillándonos con el majestuoso lago de Atitlán, rodeado de volcanes y compuesto por 19 pueblitos que lo circundan… Nos quedamos en San Marcos, un bello pueblo verde, de calles estrechas, algunas empedradas, otras de tierra, casi sin autos y con varios hoteles y restaurantes en manos de gringos, pero cuyos habitantes son en su mayoría de la etnia kakchiquel. Por suerte –pienso- es temporada baja, pues –lo confieso- me satura un poco la invasión gringa, esa que no respeta mucho la cultura y que no hace esfuerzos por aprender lo básico del castellano, por ejemplo; además acá se mezcla con cierto engrupimiento (fanatismo) con cosas supuestamente “espirituales” pero que me huelen más a forma que a fondo, como spas, masajes, yoga, vegetarianismo; y muchos extranjeros del norte vienen a quedarse en el pueblo por largo rato.

Vista del Lago Atitlán desde San Marcos

E igualmente el pueblo es precioso, diferente, con una flora diversa e intensa, donde el ruido de diversos pájaros te despierta en el silencio de la mañana. Después de ir a un cerro que es reserva y mirador del lago, nos embarcamos a Santiago, pero antes hacemos una pasada por San Pedro. Estos tres pueblos son los más recorridos por el turismo y este último tiene fama de más bohemio, pero ya entendimos que parte de la bohemia acá se refiere a más restaurantes y bares, más gente en moto dando vueltas por la tarde-noche, más música fuerte y supongo que marihuana más que otras cosas, por la onda de acá y algunos comentarios… Está lindo, pero para nosotras ni un brillo, además nuestro Byron nos dijo que a él le parecía mucho más atractivo Santiago, ya que tiene más cultura local y yo le creo todo el rato. Así que hacemos un paso rápido -y vertiginoso- en tuc-tuc por calles estrechas y empinadas y nos embarcamos a Santiago, mientras Cocó toma fotos al lado del capi(tán) que le ofrece espacio y conversan de Chile, a él le da risa que en nuestro país se gane –algunos- en millones, pues los quetzales se ganan en miles…

Los clásicos tuc-tucs, esta vez en las calles de Antigua

Al llegar a Santiago nos reciben decenas de chicos, algunos manejan tuc-tuc y ofrecen “city tour”, otros artesanías, otros hotel… Avanzamos por una feria artesanal que está a continuación del muelle y nos quedamos a desayunar a la orilla del lago en un puesto atendido por tres niñas que no tienen más de 15 años, mientras se acercan varias mujeres a ofrecer sus productos, seño. Luego nos deleitamos con Santiago, sus tradiciones, su gente, su acento, su mercado, su Iglesia y una exótica visita a un chamán cultor de Maximón, “el Gran Abuelo”, deidad protectora proveniente de un árbol, con muchos fieles, especialmente en este pueblo maya…

Por las calles de Santiago de Atitlán, una escena típica en Guatemala: las mujeres cargan sus cosas -con envidiable equilibrio- en la cabeza “porque así pesa menos”, me dijo una…

Sí, este paso por Guatemala -país que hace muchos años quería conocer, sólo desde mi intuición, no porque supiera algo en específico o buscara algo, anhelo que se incrementó cuando conocí a la gran Rigoberta Menchú en un seminario en Santiago de Chile en la primavera de 2010, cuya presencia me conmovió y me llenó el corazón ya sólo con escuchar su sanadora voz- me confirma mi corazonada porque no sólo sus bellísimos y cadenciosos paisajes encantan, sino también su gente, la energía de su pueblo…

Como la de Santos, un chico quiché a quien le gusta hablar con los turistas y que en principio creyó que éramos de Guate(mala) capital, y con quien compartimos historias, chicles y risas, y luego nos ayuda en su verde pueblo San Marcos a encontrar hotel mientras carga nuestra maleta; más tarde compartimos una cena a la cual él creía que no íbamos a llegar: “porque no sé, ustedes son turistas”, nos dice mientras saboreamos un plato típico en un colorido puesto de comidas de una conocida de él, al aire libre en medio del silencio y la noche cálida… Como la sonrisa y mirada pura de mucha gente que saluda en las calles de los pueblos, como las flores y colores intensos de sus textiles hechos a mano o telar, como la de los botones de un hotel que nos ofrecen espacio para guarecernos de la tormenta y se preocupan de encontrar nuestro minibús perdido que se demora en pasar por nosotras, como la de la señora maya de una tienda que al ver mi colgante del Buda en mi pecho me dice: “ah, tú llevas la virgencita de la India” y despierta toda mi ternura; como la de Francisco, el guía maya que nos lleva con el chamán, quien al preguntarle si cree en lo del fin del mundo de diciembre 2012, me señala con su especial español: “no, esas son cosas de gringos, para nosotros el tiempo sigue y sigue, ahora se termina el 13 baktún y volvemos a contar; pero es eso, lo otro son cosas de la televisión”…

Y, ahora, poco a poco nos despedimos con buen sabor de boca y cierta nostalgia de los encantos de esta tierra americana, a la cual siento que volveré… Así que por todo esto y más, estimado pasajero de este blog: No tenga pena y ¡Venga pronto a la cautivante Guatemala!

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Sonrisas mayas

-Ande, seño, cómpreme pa’ que me dé la bendición con la primera venta del día -me dice una chica de Antigua, Guatemala, en el mercado de artesanías, con su bello traje típico, colorido y acinturado.

-Pero si yo te puedo dar la bendición así no más -le digo, mientras hago un ademán de la señal de la cruz y algo más, y ella se ríe. -Has quedado más que bendita, le señalo -y sigo mirando la cantidad de cosas lindas trabajadas a mano, mientras ella me insiste, pero sin acoso.

Desayuno con frijoles, plátano frito, queso, huevos con tomate y tortillas

La gente en Antigua y en Guatemala en general es muy amable. Yo me siento a mis anchas, todo es como me gusta: cortan las palabras -cosa que amo y encuentro que es tremendo ahorro de energía- (seño, usted viene de Guate), usan muchos colores (hay bastante turquesa, morado y anaranjado, tres de mis favoritos), conservan las tradiciones, no comen mucha chatarra pues su comida es riquísima, variada y con muy buena sazón, el ritmo es candecioso, se baila salsa y merengue, el desayuno -mi comida predilecta- es muy importante y está lleno de ofertas de éste, a la gente le gusta conversar sin invadir, sonríen, tienen humor…

Varias veces nos preguntan a Cocó y a mí si somos mexicanas o de Puerto Rico, “es que como son alegres y se ríen” -nos dicen, e intuimos que seguro la mayoría de los chilenos debe parecerles más bien serios.

Es que no se puede viajar -ni pasar por la vida- sin humor, digo yo. Al menos a mí, el humor me ha salvado de tantos dolores y, sin darme cuenta -porque es espontáneo y heredado de mis padres-, me ha abierto tantas puertas que, ahora que me lo dicen en Guatemala, me doy cuenta que es, probablemente, mi primera prenda de equipaje.

En Chile, a veces -dada nuestra parsimonia local- unas cuantas veces me ha costado caro, más de una incomprensión, críticas y hasta envidias, pero por suerte, no puedo dejarlo porque, primero, es sano, y segundo, es parte de mi identidad y, tercero, me cae bien reírme.

Y, entonces, en Antigua, el cajero del banco se ríe cuando le digo que me hace muy feliz al contar tanto billete frente a mí, después de cambiar unos 300 dólares; con Cocó morimos de la risa pues tomamos un bus “de lujo” a Flores desde Guate(mala) que demora 9 horas y que supuestamente será  semicama, pero el lujo se reduce a una merienda (pan y una bebida o agua) y una manta de polar que entrega el propio chofer diciendo a cada uno que por favor la devuelva al final del viaje “no vaya a ser que se baje apurada y se le olvide”, jajaja; de semicama, de almohada, ni de auxiliar qué hablar; todavía nos seguimos riendo con tanto lujo vivido en una noche donde apenas dormimos por todos los ruidos de chatarra del bus, la tele que nunca funcionó y el chofer al final pidiendo “los ponchitos, por favor”… Hicimos reír a las vecinas de una tienda de artesanías cuando nos sentamos adentro esperando por un vestido que la vendendora fue a conseguirnos y, por mientras, nos pusimos a imitarlas y hacer de vendedoras: adelante seño, cuánto ofrece, seño; para 200 queda bien. Encima Cocó figura con un vestido que se quedó puesto y le digo: “te perdimos, encontraste pega,Cocó,  tu futuro está acá, si quieres me devuelvo sola a Chile”. A lo que ella responde: “Sí, seño, yo me puedo quedar y le mando estas cositas y hacemos la tremenda pyme en su país, seño”….

Cocó encontró su destinoObvio que preferimos andar en tuc-tuc (moto-taxi) una vez llegadas a Flores pa’ reírnos y tener más aventura y el propio chofer se sorprende de que lo elijamos en vez de un taxi (auto) y nos muestra la isla y nosotras reímos con cada gesto gracioso que él hace y al final nos lleva de hostal en hostal consiguiendo un precio más barato y convertido en nuestro representante oficial, pues él se baja a preguntar a cada parte a las 6.30 de la mañana y despierta a cualquiera, mientras yo le tomo fotos y él se da vuelta a conversar sin mirar el camino y nos reímos nerviosas y confiadas a la vez…

El tuc-tuc tiene toda la onda… y el viento!

Y acá figuramos, en el malecón de la isla, en un café tomando cerveza local y piña colada, a punto de partir a las 4.30 am a las ruinas de Tikal, donde seguro el humor tendrá que estar presente no sólo por la hora, sino además por el calor…Ya veremos, seguro nos seguiremos riendo de más de algo para continuar la aventura maya antes que se acabe el mundo…

Antigua… Sanación y Placer

Las cosas son tanto mejores cuando no tienes expectativas… Hace unos meses supe que haría un viaje con mi hermana, el destino podía ser Grecia, Turquía, Tailandia… Yo decía que sí  a todo. Se suponía que sería a mediados de mayo. Una parte mía quería el viaje y otra anhelaba por fin quedarse quieta, en off, en silencio, después de meses agitados por una serie de hechos –buenos, malos y más o menos, si los evalúo desde la dualidad, pero todos muy buenos si los miro con la conciencia- desde diciembre 2011 hasta acá…

Pero luego mi calendario se corrió por dos charlas de astrología sobre el 2012 a las cuales varios ilustres pasajeros de este blog asistieron… Y durante la producción de éstas murió Guille, nuestro perro-amado-dulce-famoso-longevo-con alma de eterno cachorro… A sus casi 18 años decidió partir “al cielo de los perrines” como me dijo una amiga desde Francia. Su partida fue dolorosa y emocionante a la vez: gente de todas partes, vecinos, amigos, familia, conocidos; nos escribieron con bellísimos gestos de amor y recuerdos por el amor que Guille fue capaz de generar en muchos… Además de llorar y dejarlo partir, nos conmovimos, por ejemplo, con las lágrimas de don Juan, el vecino, un hombre grande –en todos los sentidos- que lloró al ver las velas y flores en el jardín, luego que mi padre cavara la tierra para que “mi perro” descanse… Siempre he sentido que los animales –los hermanos menores, como dice alguien que conozco- tienen la potente facultad de abrirnos el corazón y eso hizo Guille con muchos…

Guille, en la primavera de 2010

Entonces, a mi hermana y a mí se nos cortó la energía… Con toda la pena por el duelo –que se suma a otros de este año-, ya daba lo mismo el viaje y el lugar, sólo sabíamos que no podría ser Europa, pues de sólo pensarlo nos cansaba la idea de “tener que aprovechar el tiempo” e ir de un lado a otro… No. Ambas necesitábamos, en este nuevo escenario, descansar… Descansar del 2012, sentía yo.

Y, como el Universo es entero de mágico, a mí me concedió antes el deseo y me mandó cuatro días a la cama con una “gripe” que comenzó con difonía, siguió con fiebre y dolores musculares, y terminó con tos y dolores de cabeza… En medio de esto, los primeros  dos días, no sé si deliraba o qué, pero mi cuerpo sólo quería meditar y dormir y meditaba largos minutos feliz, sin ni medio esfuerzo, sólo quería estar quieta, ojos cerrados, respirando, con la mente relajada… Es que fue demasiado, es decir, yo generé –siempre la responsabilidad es nuestra- mucho: viajes, romance, vacaciones, amigos, charlas, rituales, consulta, entrevistas, ayuda, producción… Todo condimentado con más de un mal rato, decepciones varias, abertura de ojos y conciencia, puesta de límites… Es decir, todo, aderezado con juegos de mi ego con la realidad, mientras mi alma me esperó y me provocó para que cambie y crezca… Lo de siempre, ¿no? Ella hace su trabajo como sea y en silencio, pero cuando se harta te manda 4 días en cama, por ejemplo y hasta te quita la voz. Y ahí algunos –ayudados, en mi caso, no sólo por mi trabajo personal, sino además por la intervención de bellos seres sanadores- accedemos a nueva información sobre nosotros mismos, lo que hemos construido y la vida que queremos llevar. La enfermedad –o el evento que el alma escoja- nos pregunta: ¿hacia dónde vas?, ¿cómo vas?, ¿es esto lo que quieres y lo que te sirve para tu camino de vida?, ¿quién eres y quién quieres ser?, ¿qué has hecho de ti y por ti últimamente?… Las preguntas son muchas más, pero mi auto-experiencia y la de mi consulta de tarot, me señalan estas como las principales…

Bueno, y el Universo de la mano de la Divinidad, dieron otro giro: el destino del viaje debía ser algo sin stress, que nos permitiera desconectar, reconectar y disfrutar… Así surgió… Guatemala. Perfecto, le dije a Cocó: ¡Vamos antes que se acabe el mundo! A lo que ella agregó, moviendo las cejas: Si poh, o convencemos a los  chiquillos mayas pa’ que no se acabe na. Tupendo -respondí.

Y aquí estoy, en Antigua: ciudad colonial rodeada de verde y volcanes, bellísima, cadenciosa, naif, colorida, sabrosa, cálida, pedregosa, amplia, reposada, austera, patrimonial… Tranquila.  Con brisa pura, nubes cargadas y el sol de los mayas, Antigua nos tiene encantadas, serenas y maravilladas por la “teletransportación”: nos parece increíble haber estado el día anterior trabajando o resolviendo líos y unas horas después estar caminando en un lugar tan diferente a Santiago –o cualquier capital-, donde la gente anda tranquila entre los turistas, donde las mujeres locales cargan muchas cosas en la cabeza y visten sus trajes típicos, donde la prisa no es tema, donde una esquina es más linda que la otra y no dejas de sorprenderte por más que la recorras…

Así con el 2012, sus desafíos y sus enormes regalos: podemos hacer la magia que queramos de ahora en adelante. Es cosa de probar, estar atentos, soltar las expectativas y tener mucha conciencia de lo que generamos día a día…

Abrazos antiguos.