Emociones mayas

Figuro tendida en una hamaca, a las 10 de la noche, escuchando el sonido de la lluvia calurosa que nos mantuvo toda la tarde expecantes en medio de relámpagos y truenos mientras nos bañábamos en el lago, y que por fin se decidió a caer hace algunos minutos en Remate, bella y verde aldea de Guatemala, previa a Tikal, las famosas ruinas mayas.

Lago Petén Itza en El Remate

La única palabra que me sale repetidas veces y espontáneamente es «Gracias»… y me quedo meciéndome sonmolienta, hablándole a Venus y su poderoso tránsito de estos días… Pese a lo larga y al cansancio de esta jornada, además de feliz estoy en calma, sin nada que buscar, desear, necesitar… Estoy y en paz…

El día partió a las 3.40 am cuando nos levantamos para comenzar la aventura a Tikal. El minibus (lleno de extranjeros, obvio) pasaría a las 4.30 y aunque finalmente llegó a las 5, nada importa en medio del calor húmedo y las ganas de explorar uno de los destinos más importantes de Guatemala y de la rica zona maya que comparten este país, México y Honduras.

Me ponen en el asiento al lado del chófer y yo feliz porque me encanta conversar con la gente sobre su país, las costumbres, su opinión política, los sueldos, la educación, la naturaleza, sus rutinas, etc. Encima voy viendo el camino con la mejor vista. Al lado mío va un argentino, Juanjo, a quien conocimos el día antes con su amiga conversando y resistiendo el calor, en la pequeña isla de Flores y que también venían en el «bus de lujo«.

Por suerte la llegada al Parque Nacional Tikal, Patrimonio de la Humanidad, incluye un desayuno para ponerle energía a la madrugada y la caminata. Somos unos 30 extranjeros y sólo una guatemalteca. Pero lo mejor es que de ellos sólo siete hablamos español y nos separan con otro guía, lo cual es tanto más agradable que andar con el piño de gente a la cual hay que coordinar, esperar para las fotos de rigor, el baño, etc. Somos, entonces, dos argentinos, un español-alemán, la guate, una canadiense y dos chilenas.

La llegada a la Gran Plaza de Tikal alrededor de las 7 am es re impresionante. Para quedarse mudo, observando, sintiendo, viviendo…A Juanjo se le caen las lágrimas y no puede seguir tomando fotos… El guía, Israel -hombre sabio con décadas de experiencia y buen humor-, horas después confiesa que no supo qué hacer con su emoción y que más de una vez le ha tocado ser testigo de lo conmovidos que quedan los turistas, pero no siempre con lágrimas incluidas. Laura, la amiga argentina, nos dice: es que era su sueño de hace muchos años… Tenemos el privilegio de llegar solos (nuestro grupo + guía) y ver los imponentes templos, las ruinas, las sepulturas, los altares… Disfrutamos de eso por varios minutos hasta que llega «el piño», pero igualmente mantenemos la onda… ¿Cómo lo hicieron los mayas? No sé, pero de que tuvieron tremenda conexión espiritual, fueron muy evolucionados e iluminados, está claro, de lo contrario no se explica la tremenda sabiduría para desarrollar astronomía, ingeniería, arquitectura, cosmovisión y más… El misterio es porqué y cómo fue que desaparecieron como civilización… Porque estar en medio de una de sus ciudades, además de conmovedor, despierta muchas preguntas, ganas de saber e imaginación sobre la vida de ellos. Obvio que Tikal representa a la elite maya, no al pueblo, pues están los tronos, las camas, los espacios de sacerdotes, los observatorios, y aún así queda en evidencia su tremenda riqueza, complejidad y patrimonio cultural para una época en que Occidente ni se enteraba de todo lo que pasaba acá y -dados los hechos y nuestra historia- aunque no saliéramos en los libros ni en los mapas, acá pasaba demasiado, pues el nivel de desarrollo mostrado por los mayas y otros pueblos es riquísimo…

Templo I, o del Gran Jaguar, en la Gran Plaza de Tikal

La excursión por Tikal continúa por más de cuatro horas, en medio de frondosos pasadizos, templos, construcciones tapadas por vegetación, otras restauradas, animales autóctonos como los monos aulladores que resuenan en ciertos rincones, el sonido de los pájaros y el aroma del follaje húmedo…

Con el grupo vamos conociéndonos, riéndonos, tomando agua y ánimo para subir varios escalones mayas que me confirman que en alguna vida pasada no fui maya de la elite, pues subo con dificultad tremendos escalones, pero al menos del pueblo sí puedo haber sido, pues bajo de lado (como los bajaban ellos) y me encantan los colores de la indumentaria, los frijoles, la estética, la astronomía, las tortillas de maíz… Me siento en casa en lo que conozco de este país, aunque la humedad del norte de Guate no es mi mejor amiga, pero no me mata como en otros lugares…

De tarde nos devolvemos re cansados y -hay que decirlo- sudados, nosotras nos quedamos en este pueblito Remate, un lugar encantador a orillas del lago Petén Itzá donde almorzamos y nos alojamos en un pequeño hostal al lado de la ruta, con el imprescindible aire acondicionado y la hamaca de rigor. Luego de almorzar y echarnos un rato, vamos al lago silencioso y cubierto de nubes tormentosas. El agua tibia repone el dolor de las piernas luego de tanto escalón…

Y ahora estamos en Flores otra vez, en un bar que da al malecón, después de un día completo en Petén con más lago, granizados para pasar el calor y la satisfacción de la aventura maya en Tikal como la constatación de que los tesoros en América no sólo son su historia, sino claramente su gente, pues los mayas siguen aquí, ya no en las pirámides, pero sí en moto, en sus casas, con sus comidas y artesanías, sus dialectos, sus creencias y su buen humor…

En un rato partimos a Guate, de vuelta, en otro «bus de lujo», veremos que tal la nueva aventura glamorosa maya…

Desde la Isla de Flores

Sonrisas mayas

-Ande, seño, cómpreme pa’ que me dé la bendición con la primera venta del día -me dice una chica de Antigua, Guatemala, en el mercado de artesanías, con su bello traje típico, colorido y acinturado.

-Pero si yo te puedo dar la bendición así no más -le digo, mientras hago un ademán de la señal de la cruz y algo más, y ella se ríe. -Has quedado más que bendita, le señalo -y sigo mirando la cantidad de cosas lindas trabajadas a mano, mientras ella me insiste, pero sin acoso.

Desayuno con frijoles, plátano frito, queso, huevos con tomate y tortillas

La gente en Antigua y en Guatemala en general es muy amable. Yo me siento a mis anchas, todo es como me gusta: cortan las palabras -cosa que amo y encuentro que es tremendo ahorro de energía- (seño, usted viene de Guate), usan muchos colores (hay bastante turquesa, morado y anaranjado, tres de mis favoritos), conservan las tradiciones, no comen mucha chatarra pues su comida es riquísima, variada y con muy buena sazón, el ritmo es candecioso, se baila salsa y merengue, el desayuno -mi comida predilecta- es muy importante y está lleno de ofertas de éste, a la gente le gusta conversar sin invadir, sonríen, tienen humor…

Varias veces nos preguntan a Cocó y a mí si somos mexicanas o de Puerto Rico, «es que como son alegres y se ríen» -nos dicen, e intuimos que seguro la mayoría de los chilenos debe parecerles más bien serios.

Es que no se puede viajar -ni pasar por la vida- sin humor, digo yo. Al menos a mí, el humor me ha salvado de tantos dolores y, sin darme cuenta -porque es espontáneo y heredado de mis padres-, me ha abierto tantas puertas que, ahora que me lo dicen en Guatemala, me doy cuenta que es, probablemente, mi primera prenda de equipaje.

En Chile, a veces -dada nuestra parsimonia local- unas cuantas veces me ha costado caro, más de una incomprensión, críticas y hasta envidias, pero por suerte, no puedo dejarlo porque, primero, es sano, y segundo, es parte de mi identidad y, tercero, me cae bien reírme.

Y, entonces, en Antigua, el cajero del banco se ríe cuando le digo que me hace muy feliz al contar tanto billete frente a mí, después de cambiar unos 300 dólares; con Cocó morimos de la risa pues tomamos un bus «de lujo» a Flores desde Guate(mala) que demora 9 horas y que supuestamente será  semicama, pero el lujo se reduce a una merienda (pan y una bebida o agua) y una manta de polar que entrega el propio chofer diciendo a cada uno que por favor la devuelva al final del viaje «no vaya a ser que se baje apurada y se le olvide», jajaja; de semicama, de almohada, ni de auxiliar qué hablar; todavía nos seguimos riendo con tanto lujo vivido en una noche donde apenas dormimos por todos los ruidos de chatarra del bus, la tele que nunca funcionó y el chofer al final pidiendo «los ponchitos, por favor»… Hicimos reír a las vecinas de una tienda de artesanías cuando nos sentamos adentro esperando por un vestido que la vendendora fue a conseguirnos y, por mientras, nos pusimos a imitarlas y hacer de vendedoras: adelante seño, cuánto ofrece, seño; para 200 queda bien. Encima Cocó figura con un vestido que se quedó puesto y le digo: «te perdimos, encontraste pega,Cocó,  tu futuro está acá, si quieres me devuelvo sola a Chile». A lo que ella responde: «Sí, seño, yo me puedo quedar y le mando estas cositas y hacemos la tremenda pyme en su país, seño»….

Cocó encontró su destinoObvio que preferimos andar en tuc-tuc (moto-taxi) una vez llegadas a Flores pa’ reírnos y tener más aventura y el propio chofer se sorprende de que lo elijamos en vez de un taxi (auto) y nos muestra la isla y nosotras reímos con cada gesto gracioso que él hace y al final nos lleva de hostal en hostal consiguiendo un precio más barato y convertido en nuestro representante oficial, pues él se baja a preguntar a cada parte a las 6.30 de la mañana y despierta a cualquiera, mientras yo le tomo fotos y él se da vuelta a conversar sin mirar el camino y nos reímos nerviosas y confiadas a la vez…

El tuc-tuc tiene toda la onda… y el viento!

Y acá figuramos, en el malecón de la isla, en un café tomando cerveza local y piña colada, a punto de partir a las 4.30 am a las ruinas de Tikal, donde seguro el humor tendrá que estar presente no sólo por la hora, sino además por el calor…Ya veremos, seguro nos seguiremos riendo de más de algo para continuar la aventura maya antes que se acabe el mundo…