VIAJAMOS CON NUESTROS ÁNGELES Y DEMONIOS

Desde la playa de Pocitos

Desde la Playa de Pocitos

Hay quienes idealizan(mos) la idea de viajar. Como si hacerlo fuese siempre una experiencia únicamente de placer, como si con ellos los problemas se fueran y pudiésemos huir de aquello que nos duele, nos molesta o nos agobia, como si mágicamente fuésemos a convertirnos en personas nuevas.

Y en parte puede suceder, en parte tenemos esa oportunidad. Siempre un paisaje y gente nuevos puede distraernos, entretenernos y darnos una libertad distinta. Pero los viajes tienen mucho más que el color rosa.

Me lo confirman aquellos que voy encontrando en mi propio periplo por Uruguay…

Un rumano que se vino inicialmente por un par de meses, pero que ya lleva casi seis, a ratos se angustia por no encontrar trabajo, por el miedo a no tener dinero y antes pasó momentos de incertidumbre por no encontrar una casa barata y que le gustara.

Una chilena que vino a hacer un curso de especialización se siente perdida al principio por tener demasiado tiempo libre y vivenciar la falta de redes, de referentes con quienes compartir.

Una española se vino porque “en España se ve super guay viajar solo, es como que lo tienes que hacer antes de los treinta”. Pero reconoce: “no ha sido nada guay, es muy difícil, me he sentido muy, muy sola; a ratos he dicho: ¿pero qué he hecho, por qué me ha venido hasta acá? Extraño a mi novio, a mis amigos; ahora me doy cuenta que he viajado casi porque había que hacerlo, pero realmente no era mi idea”.

Un alemán que vino por su pasantía al principio no entiende nada de español y se siente excluido y ahora que se termina su práctica en la empresa luego de seis meses le viene tristeza porque pensó en hacer algo especial con sus compañeros por su despedida, pero ellos no tienen tiempo y no le dan demasiada importancia.

Una inglesa ya viene asustada porque en Brasil la asaltaron y acá ha pasado varios sustos y siempre toma taxi de noche porque no se atreve a caminar sola.

Una estadounidense que pasa los treinta años se siente sola y fuera de tiempo. Vino a enseñar inglés por una fundación y todos sus colegas bordean los veinticinco y se divierten de una forma más adolescente que ella, entonces siente que no encaja.

Una boliviana que vino a estudiar a los 17 años y que ya lleva seis años acá, se siente fuera de lugar, ama su tierra, añora todo lo que tenía allá, pero como ella asume:  “mi orgullo pudo más y por eso no me devolví y ahora tengo que terminar”.

… Uffff… ¿Y yo?

… Yo también me he sentido sola. Curiosamente cuando estoy tecleando esta frase se posa un gorrión en mi mesa, me mira, salta a la silla enfrente de mí y vuelve a volar.

Sí, soledad, angustia, desarraigo, desamparo, miedos, penas. Todo eso he sentido. Soledad y desarraigo cuando busco dónde quedarme y no lo encuentro, cuando me gustaría compartir algo con amigos de Chile, por ejemplo, pero no hay internet y no puedo contactarme a no ser por telepatía; angustia, penas, desamparo y miedos cuando me roban cosas en el “anti-hostal” (así bauticé al Che Lagarto de Montevideo y podría escribir un blog entero con la lista de reclamos y sugerencias) donde me quedaba y nadie responde por nada, cuando me desanimo con la búsqueda de lugar y empiezo a ver –internamente- un escenario donde se apagan las luces…

Así no más es. Nuestros fantasmas (o demonios), esos que están en nuestro ADN desde quizá cuántas encarnaciones y que salieron a pasear en toda nuestra infancia, esos, son fieles, nos acompañan, no nos abandonan, son capaces de seguirnos a Alaska y sin abrigo alguno.

Seguro hasta Paris Hilton cuando viaja a Europa lleva los suyos en una valija rosada, y el guapo Keanu Reeves, que cuando fue a Chile como buen rico y famoso pasó de la nieve a la playa en avión privado como quien cruza la vereda, probablemente los dejó un rato en la maleta, pero estaban ahí esperándolo; y Angelina Jolie con Brad Pitt llevan los suyos –que obvio que son bellísimos y glamorosos, pero fantasmas al fin- a África y a Asia a pasear…

“AUNQUE NO LO VEAMOS, EL SOL SIEMPRE ESTÁ”

Nuestras heridas del alma, los fantasmas de los que hablo, no se van porque cambiemos de lugar, ni por toda la terapia que hagamos, ni por todos los libros de autoayuda que leamos. No, ellos son parte de nosotros y están a nuestro lado para algo. Sólo nos queda “amigarnos” con ellos, aprender a convivir con esas heridas que a veces aparecen al menor estímulo, seguirles la pista y comprender cómo se mueven, cómo avanzan, cómo les hacemos caso y cómo se disuelven.

Sí, porque afortunadamente se disuelven. Al rato vuelven a tomar forma, pero nos dan recreos.

Cuando lo hacen, aparecen nuestros ángeles, nuestras “bendiciones”, esos regalos que también están en nuestro ADN y que nunca se han ido, sólo quedaron en la sombra mientras los demonios jugaban más fuerte.

Así, por ejemplo:

El rumano hoy alquila una habitación en Ciudad Vieja en una casa que le encanta y está trabajando por Internet.

La chilena tiene amigos locales, va al club a hacer deportes y disfruta de una nutrida cartelera cultural y social.

La española siente que creció mucho con la experiencia y a su regreso a España vivirá con su novio porque se dio cuenta lo importante que es él para ella.

El alemán hasta puede hacer chistes en español, tiene novia local y uno de sus compañeros lo invitó a su casa para hacer algo en sus últimos días acá.

La inglesa aunque está feliz de regresar a su país siente que extrañará mucho Montevideo porque hizo muy buenos amigos.

La estadounidense se dio cuenta que su vida es mucho más activa y nutrida acá que en su país y agradece no tener la presión de cumplir el famoso sueño americano al estar acá.

La boliviana agradece poder vivir sola, tener libertad y ver que está a punto de terminar sus estudios.

Y una tal Jimena, venida de Chile, está feliz de estar relatando esto, de haber roto su rutina santiaguina para, por ejemplo, escribir desde un café en una bella terraza de Villa Biarritz mientras afuera hay tormenta. Está contenta explorando su nuevo barrio, disfrutando de un hostal bastante más digno y amable junto a un par de amigos brasileros; además está agradecida de sus bellísimos amigos uruguayos que hasta le dieron flores de Bach para calmar la angustia y obvio que le mandaron mensajes por celular dándole ánimo; sin duda un gran tesoro. Y siente que está –aunque con todos sus fantasmas activados- más viva acá con muchos desafíos y regalos, que siguiendo la inercia que últimamente sentía en Santiago.

Desde aquí, eso sí y aprovechando la ocasión, le manda un recado a sus ángeles: ¡Yaaa poh! (¡Bueno, taaa!) No se contagien del lento ritmo uruguayo y cuando los llame vengan pronto, no al día siguiente y después de la merienda, ¡na’ que ver, si la ayuda celestial cumple horario las 24 horas y además en los países chicos se supone que debería llegar antes y sin costos de envío!, ¡No dejen la pega (laburo) botada!

Atte. Ji.

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